Palabra derivada del latín taurus (toro) y del griego machia (batalla), la tauromaquia era un espectáculo muy extendido en el mundo mediterráneo ya en el II milenio a.C. Su origen, muy discutido, se remonta, según diversos estudios, a las antiguas Grecia y Roma donde se celebraban juegos con la participación de hombres y toros.
En la cultura micénica el toro tiene una fuerte presencia testimoniada en inscripciones, frescos, bajorrelieves y sellos dedicados a la ceremonia del “salto del toro”, durante la cual un sacerdote acróbata se lanzaba hacia el animal, que venía corriendo, se aferraba frontalmente a los cuernos y hacía una cabriola sobre la espalda de dicho animal que, muy probablemente, sería sacrificado después.
En el Medievo, nobles cristianos y notables musulmanes (algunos estudios sitúan los orígenes de la corrida en el largo dominio musulmán) se arriesgaban en la arena enfrentándose a numerosos toros.
Pero fue en tiempos del Rey Juan II de Castilla que se empezaron a construir las plazas de toros, es decir, recintos y edificios especiales destinados a este espectáculo favorecido o combatido, de vez en cuando, por soberanos y autoridades; inspirador de poetas como García Lorca, pintores como Picasso o escritores del calibre de Hemingway.
La Tauromaquia es, hoy día, característica de España y, en menor medida, de Méjico y Portugal. Consiste en el arte de lidiar un toro, criado en ganaderías especiales, según un ritual apasionante e intenso al mismo tiempo donde el folclore, el colorido y la música crean un entorno que contrasta con la lucha mortal que opone el hombre al animal y con el silencio que se apodera de la plaza en el último acto.
No es fácil plasmar este drama y las emociones de los protagonistas y de los espectadores en una pluma estilográfica, sin embargo, teniéndola entre los dedos de la mano, se advierte que las dimensiones reducidas, aunque precisas, de las imágenes no quitan ni un ápice a la tensión que invade la escena: hombre y animal enfrentados, mirándose, abocados al momento final que determinará la victoria o la derrota del uno o del otro.
La figura del torero es elegante, la posición es perfecta, la vestimenta está fielmente embellecida, con los símbolos que le son propios (suerte y coraje), por valiosísimos artesanos del género.
Su rostro no se ve, sin embargo, podemos perfectamente imaginar la concentración y la determinación.
El esmalte, material protagonista junto con la plata maciza, incrustado en el metal precioso reproduce de la mejor manera posible los colores dominantes de la corrida: el rosa-violeta y el amarillo luminoso del capote, el negro del poderoso cuerpo del toro y el naranja de la mezcla del sol y la arena de la plaza.
Completa el cuerpo de la estilográfica un plumín en oro 18 K decorado con las típicas flores del traje de luces que representan la armonía y la luminosidad.
La parte más alta del capuchón, intencionadamente simple y casi austera, recuerda simbólicamente la plaza de toros con sus arcadas exteriores, la grada interior y la parte central para la lidia, elaborada en cuerno natural.
Un laberinto de significados, de tonalidades muy vivas, de extrema habilidad para un número limitado de ejemplares que hacen de este modelo de estilográfica un pequeño cuadro auténtico para ser expuesto más que para ser usado. |
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